Almas

Tienes leucemia

«Tienes leucemia». Conciso, ¿verdad?

¿Qué sentirías si el destinatario fueras tú? Reconozco que yo algo me olía. Al fin y al cabo acababa de levantarme en la novena planta de un hospital público, Unidad de Hematología. Puede parecer que ahora, despues de un año, me hago el valiente, pero lo cierto es que no me afectó. Obviamente no es ninguna broma, pero mi primer pensamiento fue otro. La situación era más seria de lo que a mí me parecía, y así me lo hizo ver mi hematóloga.

– Es viernes y no hay tiempo que perder. Firma el consentimiento, déjame hacerte la extracción de médula ósea y baja al quirófano a que te pongan el PICC -dijo ella, con la voz seria y convencida de quien sabe de lo que habla -. No tienes otra opción. Vamos a empezar el tratamiento para lo que creemos que es.

Y me dió unas pastillas rojas y amarillas que me tomé en ese mismo momento.

Mirar a mi alrededor fue raro. Quienes siempre me empujan hacia delante estaban petrificados, en silencio, todavía pensando en la primera frase. La extracción de médula duele, pero terminas acostumbrándote. Sin embargo, en aquel momento la anestesia me pareció inexistente, y me imagino que mis gritos por el dolor no ayudaron, así que al salir de la habitación los componentes de mi equipo seguían tal y como cuando salieron, blancos. Fue mi oportunidad para desvelar mi primer pensamiento, y no la desaproveché.

– Casi he terminado la Ingeniería, ¿cómo no voy a poder con esto?

La doctora quería matarme. Puede que mi madre también, y no les culpo. A mi padre y a Rebeca se les cambió la cara.

Allí estaba yo, esperando con mi padre para entrar al quirófano mientras Rebeca me saludaba y sonreía a través de un ojo de buey que nos separaba diez metros. La enfermera lo vió y me preguntó alegre:

– ¿Tienes animadora?
– Sí, ella siempre saca lo mejor de mí -le contesté.

Dentro del quirófano me esperaba un hombre amable, culto, una de esas personas a las que llevar gafas les hace desprender aún más confianza.

– Según el informe creen que tienes una Promielocítica. Es una cabrona, pero no es de las peores. Mucho ánimo.

«¿Promielo qué?» Hacía menos de una hora que lo sabía, así que me limite a contestar un simple «gracias» mientras intentaba no parecer un idiota.

– Voy a ponerte música para que te ayude a relajarte. ¿Qué te apetece escuchar?
– Joaquín Sabina -le contesté.
– ¿Sabina? -se extrañó.
– Sí, digamos que lo mío con el tito Sabina es una larga historia.

La intervención salió bien, y al volver a la habitación decidí que Rebeca me acompañase durante todo el camino.

La Unidad de Hematología es una unidad especial, de un sólo acompañante por paciente y a poder ser nada de cambios. De hecho, el pase de visitas no tiene validez allí. Ya casi era la noche del primer día cuando empeoré. La tretinoína, esas pastillitas rojas y amarillas, me sentó fatal. Me dolía la cabeza, vomitaba todo cuanto comía, no podía descansar, tenía fiebre, me dolía el pecho… Pero todo era normal.

No fue una noche fácil. Yo sedado, o drogado, como lo queráis llamar, con un dolor y una sensación desagradable, pero inexplicable al mismo tiempo. Rebeca continuamente pendiente de mí. Despierta, controlándolo todo, dando informes a mis padres, centinelas perennes de la puerta del Hospital. Por suerte también ellos recibían visitas y detalles que hacían algo más llevadera su espera. Visitas al principio inesperadas, pero igualmente agradecidas.

¿Cuánto tiempo durará esto? Me pregunté mientras recibía la segunda transfusión de sangre. No sería la última, ni el único tipo de transfusión que necesitaría. Nunca se es suficientemente consciente de lo necesaria que puede llegar a ser una donación de sangre, hasta que la necesitas.

A la mañana siguiente vino la doctora a la habitación y nos dió algunos datos sobre el proceso. Al menos cuatro ciclos de quimioterapia con un periodo de aislamiente por cada ciclo, y luego dos años de tratamiento oral, pero había más sorpresas.

– Los primeros quince días son vitales. Corres el riesgo de desangrarte, literalmente, y tienes que saberlo.

Y tanto que lo eran, porque una vez pasaron esos 15 días, la doctora me confesó que pensaban que no sobreviviría al primer fin de semana.

Pero, ¿cómo llegué a esta situación? Pues así, sangrando. Una semana antes me desperté con la almohada manchada de sangre justo dónde estaba mi nariz. Como a la mayoría de la gente, no me pareció algo importante, así que no hice caso y me fuí a pasar el fin de semana a Punta Umbría. Rebeca tenía una función en un hotel y yo quería asistir. No volví a sangrar en todo el fin de semana, y el lunes me fui a trabajar como de costumbre. Por la noche sangré. Pero no un sangrado normal y pequeño, no. Un sangrado muy líquido y abundante, de quince minutos sin parar, aunque sólo pasó una vez en toda la noche. El martes ocurrió lo mismo. Y el miércoles, aunque con una diferencia. Me ocurrió por la mañana, en la oficina. Y suerte que mis compañeros de trabajo me llevaron al hospital, porque me salvaron la vida.

Aquel día en urgencias no encontraron ninguna explicación al sangrado, ni siquiera la otorrina a la que me derivaron, y me mandaron a casa sin saber muy bien qué hacer. Dado que no me quedé convencido, me fui a un hospital privado. Allí me hicieron una analítica y el especialista en medicina interna me recomendó volver a la Seguridad Social. Él sabía que algo pasaba y no tenía ningún hematólogo cerca del que ayudarse.

Me dirigí a otro hospital público, aún a sabiendas de que no era el que me correspondía por localización geográfica, sólo para averiguar qué había pasado en tan poco tiempo. Yo era donante de sangre y médula ósea, y tres semanas antes había recibido una llamada de dicho hospital para hacer los segundos análisis de compatibilidad ante una posible donación de médula. Una discusión más tarde, después de que me acusaran gratuitamente y de malas maneras de que el resultado anómalo de mi análisis podía deberse en parte a abusos con el alcohol durante la feria, y que los análisis de compatibilidad no tienen nada que ver con los que me habían hecho, me fui al hospital que me correspondía. Con esto no pretendo decir nada en contra de la Sanidad Pública, soy consciente de que todo el mundo puede tener un mal día. En cualquier caso, sólo pretendo contar lo que me ocurrió sin darle mayor importancia a este proceso. Después de todo, estoy vivo gracias a la Sanidad Pública, repleta de unos auténticos profesionales a los que les apasiona su trabajo.

El tercer día de hospitalización tuve un momento de lucidez, y pedí a Rebeca el teléfono para llamar a mi familia. «Cuando todo esto termine, me caso» les dije, y no pude decir mucho más, porque no me encontraba bien. La sonrisa de Rebeca fue espectacular. Ya lo teníamos hablado, pero aún así me sorprendió.

De esa primera semana no hay mucho más que recuerde salvo la impotencia que me producía no poder levantarme de la cama ni para ducharme y lo mal que me encontraba. «Es momento de que seas un poco egoísta» me dijo un enfermero, y su consejo me ayudó mucho. Unos días después vendrían mi mejoría y el primer aislamiento, quizás la parte más difícil. Encerrarte durante periodos de quince o veinte días en pleno verano en Sevilla en una habitación sin aire acondicionado ni poder abrir las ventanas (nosotros sólo pudimos en el primero, pero no en los demás), y sin poder salir a pesar de que te encuentras bien. Sin embargo, y pensándolo fríamente, menos mal que existen esas habitaciones. La parte del acompañante tampoco es nada facil, os lo aseguro. Claro que si tu acompañante es, dicho con todo el cariño, una «mafiosa», obtiene ciertos beneficios que le hacen más llevadero el hecho de estar aislada por gusto.

Lo bueno del aislamiento es que lo utilizas para aprender ciertos automatismos, cosas que puedes hacer y cosas que no, leer, hablar con tu acompañante y conocer cosas sobre lo que te pasa. Incluso para montar un corto del que terminarás recibiendo un premio. Y lo más importante: sólo necesitas tiempo para salir de allí.

El resto del proceso es sencillo, o eso me parecía a mí:

1.- te ponen la quimio, que repara tu médula y te destruye el sistema inmune.
2.- te aislan, porque no tienes sistema inmune, hasta que la médula se recupere y lo regenere.
3.- te vas unos días a casa, con más medicación oral y precauciones, y vuelta a empezar.

Todo esto conlleva una paliza física y mental importante tanto para el paciente como para sus familiares y amigos. Y no me refiero sólo a la pérdida de peso o al pelo, que también, si no a un estado mental de alerta permanente. Y es que la situación sigue siendo seria durante todo el proceso. Son muchos días durmiendo mal, con dolores, preocupado, viendo muchas horas la televisión, pero intentando no conocer los casos de otros héroes en tu misma situación (es irremediable), y disfrutando de los paseos con tu familia y de las «visitas» que recibes.

Nota: sí, héroes. Y no me refiero a los que lo superan. Me refiero a todos y cada uno de nosotros, al simple hecho de intentarlo. ¿O cómo llamarías a una persona que encontrándose bien tiene los cojones suficientes como para ir al hospital a que le transfundan un producto que sabe que le va dejar hecho una mierda?

«Visitas», porque tener que ver a tus abuelos desde el balcón de tu casa no se puede considerar una visita en condiciones. Mi casa era casi otro aislamiento. Y por supuesto nada de contacto físico, ni besos, ni abrazos… nada. Ni entrar en ningún comercio o edificio «extraño». Es una situación dura, pero dormir en tu cama tambíen reconforta, y salir del hospital aunque la calle te resulte extraña. Por otra parte, esto también te proporciona muchas anécdotas: antojos (los míos fueron el gazpacho, los bocadillos de salchichón y un kebab), muchas bromas, confidencias, doble ración de tortilla de patatas en el menú debido al buen trato que mantienes con las dietistas y un deseo tremendo de lavarte los dientes.

Lavarte los dientes. Prueba a hacerlo por curiosidad y te aseguro que al tercer o cuarto día no podrás aguantar más. Por muy cubierto que estés con un buen enjuague bucal y un antifúngico. Ahora imagínate lo que sentirías después de cinco meses cuando puedas volver a usar el cepillo. Yo lloré como un bebé.

Un día de mediados de Agosto me desperté muy temprano y con la necesidad imperiosa de llamar a un amigo con el que perdí el contacto seis años atrás por un malentendido. No recuerdo ni lo que pasó ni como fue, ni siquiera el por qué. Sólo sé que necesitaba hablar con él. Situaciones como la mía te hacen entender que hay cosas más importantes que ser un idiota orgulloso, así que le llamé por teléfono y estuvimos hablando casi dos horas. Hace poco nos vimos, y él sabe que siempre le agradeceré que no me colgase el teléfono.

Por fin el verano terminó, y con él los que serían mi último ciclo de quimioterapia y el último aislamiento. Fue el peor de todos. Me sentía como un animal encerrado, agotado, deseando salir de allí y muy nervioso por el resultado de la prueba de médula ósea que determinaría si la médula se estaba recuperando o no. El día 9 de Septiembre fui a consulta. El resultado para el marcador PML/RARa fue negativo. La médula se está recuperando.

En ese momento sólo quería abrazar a mi familia y besar a Rebeca. «Voy a hacerme el fuerte y esperar a salir de la consulta para echarme a llorar» le dije a la hematóloga con lágrimas en los ojos. Y visitar a mis compañeros de trabajo, pensé.

Creo que no hace falta dar detalles del reencuentro con mi familia. Esta parte es obvia. Un abrazo tras otro, a diestro y siniestro, casi sin tiempo para pensar. De lo mejor que puede pasarte cuando sabes que tienes una familia que te quiere. Sí diré que me bebí el gazpacho que tanto tiempo llevaba esperando. Abuela, ¡qué bueno está tu gazpacho!

Y unas horas más tarde aparecí por la oficina. «Por fin», me dije. Volvía a estar en ese lugar del que tan buenos recuerdos guardo. Aprovechamos la noche tomando algo y cenando por ahí. Había mucho que celebrar.

A partir de aquel día mi ritmo de vida fue rapidísimo. Un viaje relámpago a Madrid para recoger un premio con Rebeca, unas merecidas vacaciones en la playa, salir a cenar con mis padres, ver todo el baloncesto que fui capaz… Disfrutar de la vida como se suele decir. Hasta tuve tiempo de reencontrarme con mis antiguos compañeros y compañeras del colegio. Años y años después. Qué bonito es conocer gente así.

También ha habido algún pequeño susto, pero todo situaciones normales dentro de esta anormalidad pasajera. Yo por ejemplo me intoxiqué con la dosis del tratamiento, pero casi todo han sido buenos momentos. Incluso me planteé terminar la carrera, y hasta el momento he conseguido aprobar la única asignatura que tenía pendiente. Lo pasé muy mal y fue muy difícil estudiar para el examen después de lo vivido, pero necesitaba alguna distracción. Al fin y al cabo todavía no puedo hacer deporte ni incorporarme al trabajo. Ahora voy a por el T. F. G. porque algo tengo que hacer, así no me oxido del todo e intento no quedarme demasiado atrasado en el trabajo. Mis compañeros saben que esto me preocupa, y el hecho de que todos en la empresa, sin excepción, intenten tranquilizarme en este aspecto ayuda más de lo que se puede decir. Me siento muy afortunado y les estoy muy agradecido.

Considero que hoy es mi segundo primer cumpleaños. El 22 de Abril del año 2016 me cambió la vida. Soy feliz e intento disfrutar de cada instante. Las pruebas de la médula ósea siguen estando bien. ¿Qué me espera en el futuro? Pues no lo sé, pero sí tengo claro cómo afrontarlo: siempre de frente. Valiente.

 

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Nota final: quiero dar las gracias a mis padres, mis abuelos, mis tíos y primos, al resto de mi familia, acompañantes incansables de esta aventura. A mi futura esposa, Rebeca. La luchadora que ha demostrado estar lo suficientemente loca por mí como para no salir corriendo. A mi hermano Gorka, quién fue mi primera preocupación al enterarme del diagnóstico. A Chej y Gregorio, que saben que no necesitan demostrarme nada más. A la familia de Rebeca, siempre pendientes y dispuestos a ayudar. A David, un grande entre los grandes, y su novia Silvia. Sus bromas siempre son bien recibidas, y le alegran el día a cualquiera. A Fabi, nuestro compañero de carrera y de fatigas. Un guasón sin remedio. A Xavi, que se empeñó en llevarme al hospital aquel miércoles por la mañana y al que enseñé cómo se cuida un barrilero de cerveza. A Merlo, que recibió una llamada después de seis años. Sabes que os quiero mucho tanto a ti como a tu esposa Raquel y que sois mis granadinos favoritos. A Iñaki, a quien sólo puedo agradecer toda su atención y desempeño en evitarnos preocupaciones. No cambio esos abrazos reconfortantes ni nuestras conversaciones ni de broma. A Viki, Carlos, Juanjo, Andrés, Ale, Agugar, Fernando Crespo, Tomás, Joseda y Marcos Bjorkelund, amigos de las bromas, los juegos de mesa, la cerveza y las buenas conversaciones. A mis jefes Daniel y Erica, de los que he obtenido todo el apoyo posible desde el primer día. Cero presiones por su parte, sólo comprensión y amabilidad. Grandes personas. Muchas gracias. A Beltrán, que sabe que le agradezco que me ofreciera la oportunidad de trabajar con él y del que he aprendido mucho. A Jota, utrerano por excelencia. A todos y cada uno de los demás miembros de la empresa para la que trabajo. Gigantes todos y todas. A Paco Gamero, mi otra conexión americana y también compañero de fatigas. A Helena, mi gran amiga de la infancia. A Agustín, Juanma, Paulino, Moya y el resto del Club Baloncesto Utrera, una gran familia. A Maicol, Capi y nuestro querido Quisco, compañeros detrás de la barra de un bar y a los que quiero. A todos y cada uno de los profesionales de nuestra Sanidad Pública que siempre están ahí cuando se les necesita y a los que valoro enormemente. A los nombrados y a los que me dejo en el tintero, muchas gracias de todo corazón.